Casi centennial

Nacer al límite de un cambio generacional no es cosa fácil. Crecer con un pie adentro y otro afuera te empuja al borde y te convierte en algo que no es ni una cosa ni la otra. No pueden categorizarte, no pueden amoldarte.

Crecés y creés en algo, tenés tus valores claros; pero de repente te ves forzado a caer en otras normas, que en teoría son mejores que las tuyas. Así empezás a construir tus bases en este camino nuevo y correcto, hasta que sin pensarlo, volvés al riel del que siempre renegaste.

Seguís derecho, dejando que la máquina te guíe, con la mirada siempre al frente, dejando que otros manejen por vos, ¿por qué? Porque así es más fácil.

No pensar es simple. Esforzarte es gastar energía en algo que no va a cambiar.

Pero por fin llegó el día. Se destruyó todo y te obligaste a mirar al costado. Mientras por la ventana ves lo que dejaste congelado en el andén esperándote, algo adentro tuyo te sacude como nunca.

El tren frena, se abren las puertas, y con el pánico que te provoca reencontrarte con viejos fantasmas, das el primer paso.

Recuperás lo que te sirve, y lo que no, cambia de tono: se vuelve más lindo, más brillante. De repente te amigás con vos mismo mientras te preguntás cómo seguir. ¿Qué va a pasar ahora?

Corrés la mirada, empezás una nueva etapa, cambiás el curso de la era, y defendés que mañana siempre va a ser mejor que ayer.

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