Año nuevo chino

El año pasado lo empecé vestida de blanco. Cené con la familia y después me pasaron a buscar amigos y pareja, como tiene que ser.

Me saqué fotos con todos, sonreí, comí, tomé y bailé. Me divertí mucho, fue lindo, agradable… Pero esa no era yo.

Yo soy como recibí el 2019: black and blue. Sin promesas falsas de luz, sincera conmigo y con mi estado anímico de los últimos meses. Con amigos, sin preocuparme por las formalidades.

El día de mi cumpleaños me dijeron “¿Qué te pasa? Sos Daria.” Algo me hizo un click en ese momento ¡Y si! Tenían razón. Me molesta hacer lo mismo que todos. Me angustia hacer lo que se supone que tengo que hacer. Elijo siempre la ropa negra y me alejo de la gente que no tiene un mínimo de extraordinariedad en su interior.

Aprecio con cada milímetro de mi ser los silencios, me desespera el ruido de fondo, amo vivir escuchando música (y radio). Tengo auriculares puestos casi 24/7 y a muchos les resulta raro.

No estoy enojada, no me pasa algo, es simplemente el espacio en el que me siento segura.

Me gusta rodearme de gente que admiro y conocer nueva. Creo que no hay nada más lindo que las charlas de madrugada que se extienden hasta que sale el sol. Busco siempre descubrir y sentir algo nuevo, aunque me asuste. Me aburre la monotonía, y también estar mucho tiempo en un mismo lugar. Vivo intranquila por esto y me desespera no poder cambiarlo.

En un año, tan solo doce meses, 365 días, experimenté todas las emociones que pueden sentirse: amor, rabia, enojo, sorpresa, indignación, decepción, alegría, adrenalina y otras tantas.

Todo lo que pasó me movilizó al punto de llegar a diciembre sin ganas de nada. No quería festejar mis logros ni tampoco seguir llorando mis penas. No quería nada, no esperaba nada.

Los colores representan todo lo que somos y sentimos, comunican. Y cuando noté el paso del blanco al negro en un año, algo se sacudió adentro. No me había detenido a dimensionar cuánto cambió mi vida en un año y no pude dejar de pensar en cuán rápido pasó el tiempo.

El color nos identifica y expresa todo lo que llevamos oculto, pero al final de cuentas, no deja de ser una convención. En occidente tomamos al blanco como representante de la vida mientras que en oriente el negro cumple la misma función.

Prefiero pensar entonces que yo no empecé el año y mi cumpleaños de negro luto occidental. Elijo creer que vestí de negro para simbolizar el renacimiento, el tocar fondo y arrancar de nuevo. El negro representa el espíritu, la energía que nos une al cuerpo, lo que nos motiva a seguir moviéndonos.

En China no marca el fin ni la muerte de nada, representa la vuelta al centro, el reencuentro con nuestro origen y el potencial para crear todo desde la nada. Es el color que agrupa todos los colores, y a partir del cual puede empezar todo otra vez.

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