Apocalíptica

Se sentía abrumada y decidió salir a caminar por el barrio. Era tarde, pero no le importaba demasiado. Necesitaba aire, y eso fue a buscar.

Abrió la puerta al mundo y notó algo raro en él… No escuchaba ruidos y las luces de la calle estaban apagadas, pero todo se veía tan claro como si fuera de día.

Levantó la cabeza para notar que el cielo estaba lleno de estrellas que acompañaban a la luna más grande que había visto en su vida. ¿Un cielo estrellado en medio de una ciudad tan grande? Era imposible.

Casi por inercia, e ignorando lo que veían sus ojos, empezó a caminar. Tres cuadras sin cruzar a nadie le bastaron para sentir que algo andaba mal. Generalmente a esa hora muchos señores mayores paseaban a sus perros, pero esta vez no estaban.

Siguió caminando sin parar y sin mirar atrás. No quiso voltear, no sintió las ganas o la necesidad de hacerlo en ningún momento. Hasta que se detuvo al llegar a una esquina muy particular, donde se levantaba una pequeña y familiar casa azul.
La miró por unos cuantos minutos sin poder descifrar qué era lo que le atraía de esas ventanas blancas, techo tejado y enredadera al frente.

En el tiempo que duró esta pausa, olvidó su nombre y lugar de origen. Hizo fuerza por traerlo a la memoria y volver sobre sus pasos, pero fue inútil. Empezó a desesperarse y quiso llegar a su casa, pero ya no recordaba el camino de vuelta. Gritó para pedir ayuda, pero no había nadie que pudiera socorrerla.

Levantó la vista una vez más para notar que las estrellas empezaban a perder su brillo. Todo se volvió más oscuro. Buscó una pequeña línea de luz en alguna esquina lejana, pero no llegaba a alcanzarla. Corrió como nunca, sin rumbo, casi ciega.

Así se chocó contra un callejón sin salida, frente a una pared sobre la que se apoyaba una puerta grande y robusta de madera. Golpeó con ganas, pero como se imaginaba, nadie respondió. Decidió probar girando el picaporte y entrar de todos modos, ¿qué más podría pasarle?

Lógicamente, estaba en penumbras. Palpando a sus alrededores encontró una caja de fósforos, que al abrirla se convirtió en “la caja del fósforo”. No quiso desperdiciarlo, así que lo guardó hasta que fuera el momento correcto de usarlo. Estaba sola en un mundo desconocido, en una casa sin ventanas, en una noche sin luz.

Sin la más mínima idea de lo que estaba viviendo, desesperada y confundida, de un segundo al otro se quedó inmóvil: sus pies parecían haberse clavado al suelo y sus rodillas se sentían selladas con pegamento. Quiso levantar los brazos para prender el fósforo y ver algo aunque sea por unos cortos segundos, pero estos no reaccionaron.

Se quedó quieta. No podía hablar, y mucho menos gritar.

Se esforzó por dejar de pensar. Decidió que la mejor opción era dejar de luchar. Este nuevo mundo la quería así: tiesa en la noche. Y eso era todo lo que ella iba a dar.

Se entregó a las calles desconocidas que hasta entonces habían servido como un refugio, para por fin ofrecerse rendida ante el frío abrazo del vacío de su existencia.

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