Noche de octubre

Sonaba un tema de jazz suave. Dejé de leer y me acosté de espaldas sobre el sillón, subiendo los pies al apoyabrazos, para poder disfrutar de la música.

De repente me invadió un sentimiento extraño que me juraba que todo iba a estar bien. Sonreí, como lo hacía meses atrás. Me había alegrado por algo que nunca pasó. Era algo que me imaginaba, pero todavía no era algo tan fuerte como para ponerlo en imágenes. Sonreía porque empezaba a dibujarse en mi cabeza un momento tan perfecto como anhelado.

Traje un pasado en el que no estuvimos vivos (o sí, ¿quién sabe?), una escena tan bien dirigida que era digna de una película hollywoodense de los años 60. Parecía entretenida, y de existir la hubiera visto.

Estabas sentado en tu silla, fumando tabaco de una pipa. Y yo, desde el sillón, te miraba alegre.

Mi peinado era increíble, casi tanto como verte en camisa amarillo pastel y pantalón color crema. ¡Y con zapatos de golf! Simplemente hermoso. Como mi vestido: impecable, de esos que a vos te encantaban; como el que usé el día que fuimos al cine a ver tu película favorita, ¿te acordás? Era único: blanco con falda tableada y rayas rojas muy finas.

Me levanté del sillón y te serví un vaso de limonada helada (¡todo tan cliché!). Levantaste la vista y me diste las gracias de manera sincera, embelleciendo lo que pasaba a nuestro alrededor, olvidándonos de todo y concentrándonos en ese momento que parecía tan placentero como un buen recuerdo.

Cerré los ojos para besarte, y al abrirlos me vi sola otra vez, esta noche, escuchando música con los pies en el aire.

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