Cosas que pienso en otoño

El aroma a bizcochuelo a punto de salir del horno me recuerda siempre a las tardes de otoño de mi infancia. A eso de las 5 de la tarde empezaba a atardecer, salía del colegio y mi mamá me esperaba afuera con las demás madres para llevarnos a mi hermano y a mí a casa. Al llegar descubría que ella había preparado algo rico para acompañar la chocolatada o el té. Miraba alguno de los programas para chicos que pasaban en la tele y al terminar de merendar me ponía a hacer la tarea con el olor de alguna comida caliente preparándose de fondo. Cuando terminaba, me iba a bañar y siempre que salía de la ducha empezaban Los Simpsons. Era entonces cuando escuchaba la puerta y entraba mi papá. Todos cenábamos y sin más, mi hermano y yo nos íbamos a dormir.

La vida es hermosa cuando te parás en esos días tan perfectos. Lástima que sea una perfección pequeña que uno solamente aprecia cuando ya la perdió.

En el mejor de los casos lograba dormir la noche entera sin problemas, pensando si me despertaría a las pocas horas con gritos o no. En el peor de los casos, mi miedo se hacía realidad.

El no poder hablar con nadie de lo que me pasaba me hizo tímida, de a poco me fui reservando cada vez más y perdí la capacidad de dejar entrar a la gente a mi vida. La inestabilidad constante me hizo desconfiada, hasta el punto de hoy no poder sentirme a gusto con nada de lo que hago o soy. Las idas y vueltas me hicieron sentir miedo a arriesgarme, miedo a abrirme y a sentir para después decepcionarme.

Hoy desconfío de las intenciones de cualquier persona a la que no conozca, pero también desconfío de que los que ya conozco quieran estar realmente donde están conmigo. Hoy soy una persona que no ve forma de salir de los círculos enfermos en lo que se mete sola.
Veo el vaso medio vacío y eso no me ayuda en lo más mínimo a mejorar. ¿Cómo podría alguien querer compartir una vida conmigo? Si soy rara, si hablo poco y bajo para no pasar vergüenza… ¿Qué ve en mi el que se me acerca? Y el que no, ¿será que me ve tal cual soy y me prefiere lejos?

Lo que uno vive en su casa condiciona cómo va a ser en un futuro. Obviamente que esto no funciona como excusa para las cagadas que nos mandamos, funciona como herramienta para entender a la otra persona. Conocer la historia de alguien te ayuda a ponerse en su lugar y apreciar la vida desde su perspectiva, por más acertada o errada que sea.

Cada tanto giro para ver cómo mi vida fue cambiando a lo largo de mis más o menos cortos años, y muchas veces no puedo creerlo. Cambié de casa 3 veces antes de cumplir 5 años, cuando me fui a vivir a otro país.
Al volver pasé mis primeros años en un colegio pretencioso del que me fui para llegar al que me vio recibirme. En el medio cambié de casa, otra vez. Tuve padres separados y juntos muchas veces, incontables ya. Tuve momentos de gracia y momentos de desesperación que me hicieron cuestionarme la continuidad de mi vida. Empecé la facultad, cambié de trabajo 3 veces en 2 años, me mudé sola. ¿Qué sigue ahora? Ya quiero irme de nuevo. Nunca pude poner los pies sobre la tierra por mucho tiempo. Apenas algo deja de salir como planeé, quiero tirarlo a la basura y empezar de cero. Irónicamente, quienes me conocen en trabajos o estudios me describen como una persona constante. ¿Se puede ser constante e inconstante a la vez? Basta con mirar mi casa y sabrían la respuesta.

¿Qué sigue después? ¿Qué se puede esperar cuando ya no se pretende nada? ¿Cómo podemos reconstruir nuestra memoria a partir del olor a una merienda en una tarde de frío, y dejar de lado los gritos y golpes de la madrugada? ¿Se logra alguna vez cambiar esa forma de pensar tan arraigada a quienes somos? ¿Existe forma de modificar nuestra percepción del mundo?

Nada más quiero que volver a la inocencia de la niñez, cuando creías que todo era temporal y que tenías mil años para hacer cualquier cosa que quisieras.

Ahora vuelven las tardes de otoño. No hay nada preparándose en el horno ni nadie que vaya entrar por la puerta a la noche para cenar conmigo. Hoy el sentimiento es otro. Hoy la nostalgia se gana mis tardes mientras la temperatura y el sol bajan. Hoy solo me queda elegir qué quiero recordar, y espero hacerlo bien.

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