Esto es la nada

Te encerrás en vos mismo para que los demás no vean tus vulnerabilidades. Te arrodillás y escondés la cabeza entre las piernas para no ver, para poder resguardar la poca sanidad que todavía habita tu mente; porque sabés que en el fondo está, y vas a hacer todo para no perder la cordura.

Un loco es inaudito, un loco debe ser encerrado y marginado. Uno no puede parecer loco, uno no puede dejar que los demás vean cómo es. Si alguien se acerca demasiado y se atreve a abrir una de las puertas que te mantienen bajo llave, puede contagiarse. La locura es como un virus: se propaga rápido y se apodera de los más débiles. No, de los más sensibles.
Al principio invade a los que más dudas tienen y los que menos estabilidad alcanzan, pero al final acaba por apoderarse de todos.

Respirar cuesta cada vez más. Las luces se apagan y todo se vuelve gris. Lentamente va desapareciendo el brillo, hasta convertirse en un negro tan sombrío, tan muerto, que te hace sentir ahogado, sin escape, pero cómodo a la vez. En cierto momento, las ventanas desaparecen, las puertas se evaporan y todo lo que queda sos vos; el vacío y vos.

Llega un punto en tan inmensa oscuridad, en tan eterna desesperación y tan pesado arrepentimiento, en el que todo parece aclararse. De repente te parás: ya no te preocupa levantar la cabeza, querés ver que hay mas allá.

Despacio das el primer paso; para tu sorpresa, el espacio era más grande de lo que creías, te das cuenta de que moverse es posible y que la oscuridad puede ser, hasta cierto punto, amigable.

Una pequeña luz se distingue a lo lejos, es una luz que te incita a moverte, te atrae tanto que empezás a correr. Hasta que descubrís que a más correr más se aleja, entonces te parás en seco. Girás la cabeza para ver hacia atrás: la oscuridad sigue igual, intacta. Volvés a voltear y la luz ya no está: ¿será ese el tren del que siempre hablan?

Y así te quedás, parado en la nada, desconcertado, girando la cabeza como un búho para confirmar lo que ya sabías: que en la nada nada hay, que la nada está vacía, y que la nada no existe. Las preguntas empiezan a matarte, ya no aguantás, es necesario callar las voces, así que lanzás un grito ahogado.

De repente te invade el silencio. Una persona igual de asustada que vos se pone de pie desde sus rodillas. Alza la mirada y te ve. Se ven. Corre hacia vos pero parece que no puede avanzar, se mantiene en su lugar. Decidís acercarte lentamente al sonar de la pregunta “¿Quién sos?”, mientras esa persona cubre sus ojos como si frente suyo hubiera una linterna.

Entonces comprendés el significado de la luz. Todo pasa a tener sentido cuando esa persona igual de desconcertada que vos aparece. Se toman de la mano y caminan juntos.

Las luces nunca se encienden, el suelo nunca vuelve a ser verde y sabés que el horizonte seguirá siendo negro. Pero nada de eso importa, porque al menos ya no estás solo.

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